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El Plan volvió a leer en el Matadero

Es un rinconcito en el extremo sudoeste del ejido urbano saenzpeñense, el Matadero. Otrora barrio de matarifes, hoy le da dura lucha a la marginación económica, social y sanitaria con el esfuerzo del estado, de instituciones civiles y de su comunidad intenta un triunfo.
El Comedor Guadalupe está en la calle 37, hay que adentrarse bastante, bajar unas diez cuadras después de dejar la colectora sur. Esquivar el mítico aljibe que se impone en el centro de la calle 28 y avanzar. Al llegar a la 37 nos restan 10 cuadras hacia el oeste y la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe nos aguarda con su prolijo edificio.

Es nuestra segunda aventura lectora en ese comedor. La primera había sido en el invierno del 2021 cuando la pandemia todavía era protagonista y los chicos no asistían a clases.
Aquella experiencia multitudinaria que llevábamos en el recuerdo nos auguraba otro encuentro con innumerables oyentes menuditos.
Bajamos nuestros libros y si bien las mesas estaban tendidas con floreados manteles, la olla estaba humeante repleta de cocido con leche, nuestros escuchas de la otra vez, estaban ausentes.
Preguntamos al joven encargado que nos recibe a cuántos niños leeremos. Nos dice que son 16 y que ya vienen.

Y fue así, pequeñitos, algunos de la mano de sus mamás, otros acompañados seguramente por algún hermano mayor, se fueron acercando. Tímidos, aunque curiosos desde esa timidez, se sentaron en las largas mesas y mientras Damaris les servía el desayuno comenzó nuestra presentación.
Picu les leyó uno de Roldán, Erica, otro del sáenzpeñense, el inagotable «Animal de pelea», siguió Alicia y vinieron las poesías. El Plan volvía a encender la magia. Ya estaban a nuestro alrededor, confiados, afectuosos, las palabras de los libros los enlazaron. Reconocieron el afecto sincero de quién les lee en voz alta. Y ya ese salón era un escenario más de un cuento de Gustavo Roldán.
Fueron 16, los oyentes. Le escapamos por un rato a la realidad que agobia, aunque ellos no conozcan esa palabra. Invocamos con Nicolás Guillén, el poeta de Cuba, a los espíritus que nos cuidan y ellos lo celebraron entusiastas.

El Plan agotó otra página de su crónica viajera. Como siempre lo vivió intensamente.
Y como el poeta negro de la isla caribeña volverá a invocar a los buenos espíritus que cuidan de los niños, en su próxima visita.
Será cuando digamos «… Mayombe – bombe Mayombé…/ Mayombe-bombe Mayombé…» y de la comisura de sus labios se despierte una sonrisa. Y entonces volveremos a saber, que la poesía no habrá cantado en vano.

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